Historia de Salem (Capítulo 9)

Capítulo 9

 Samael horrorizado de su culpabilidad, abandona al príncipe dejando junto a él, el cetro. Melquisedec recobra el conocimiento, toma sus vestiduras y su cetro, hace un juramento y parte hacia Salem. Samael no se arrepiente. Continúa la semejanza de las experiencias de Melquisedec con las que habría de vivir el Hijo de Dios. Melquisedec es recibido con aclamaciones por su acto redentor, es atendido por su amoroso padre y el cetro es restaurado.


1 Al cesar de golpear al príncipe, el súbdito rebelde fue poseído por un extraño horror al contemplar en la faz de aquél que solamente le había hecho el bien, el sopor de la muerte. Procuraba no recordar el pasado, pero, irresistiblemente, sentía ser arrastrado a los días de su feliz inocencia en Salem. Revestido de ricas vestiduras estaba siempre al lado del príncipe que, con dedicación, le enseñaba cada día sus canciones que hablaban de la paz.

2 En los indeseados recuerdos por los cuales era arrastrado, revivió sus primeros pasos en el camino del orgullo y del egoísmo. Se acordó de los incesantes consejos y ruegos de aquél que había sido su mejor amigo, para que desistiera de aquel camino que podría conducirlo a la infelicidad.

3 Después de ser arrastrado en recuerdos por todo aquel pasado de felicidad destruida por su culpa, Samael tuvo conciencia de su ingratitud. Horrorizado por lo que había hecho, se inclinó sobre el cuerpo ensangrentado de Melquisedec, y se desesperó al verlo sin vida. No soportando el peso de la gran culpabilidad, dejó aquel lugar apresuradamente, deseando ocultarse lejos, bajo las tinieblas de la noche fría.

4 Después de un profundo desmayo, el príncipe comenzó a recobrar la conciencia; En delirios que lo transportaban al seno de su amada Salem, él revivía momentos vividos y soñados: Con alegría contemplaba la faz de su mejor amigo, a quién extendió la mano con una sonrisa. Pero su gesto fue frustrado por un profundo dolor. En medio de los aplausos de los súbditos victoriosos, recibió de su padre el cetro, pero al tocarlo, sintió un dolor irresistible en sus manos.

5 Con estos sueños frustrados por el dolor, Melquisedec despertó a la realidad. Estaba desnudo, herido y solitario, en un lugar peligroso, lejos del abrigo y del cariño de Salem. Más doloroso era pensar que todo aquello había sido la retribución de alguien que había sido el blanco principal de todas las dádivas de su amor.

6 El príncipe, sin poder moverse, considerando la gran traición comenzó a llorar sin consuelo. Lamentaba no por su dolor, sino por la perdición de aquéllos que habían cambiado el cariño y la justicia de Salem por el desprecio y el odio que los reduciría finalmente a cenizas sobre aquel valle condenado.

7 A través de las lágrimas, el príncipe contemplaba el cielo que, semejante a un manto entintado de sangre, se extendía bañado en la luz del sol poniente. Se acordó entonces del laúd por el cual había pagado tan alto precio. ¿Dónde estaría él?

8 En su desesperada fuga, Samael había dejado el cetro abandonado junto al cuerpo herido  de Melquisedec. Cuando él lo vio, se olvidó de todo el dolor, y lo abrazó con sus manos heridas. Acariciándole la parte convexa arruinada, con una sonrisa le dijo:

9 —Tú eres mío nuevamente. “Yo te compré con mi sangre”.—

10 Samael que, dominado por el extraño horror, había huido después de cometer el horrible crimen, se detuvo a un paso de la puerta de Sodoma. Allí, impulsado por el orgullo, se arrepintió con indignación de su flaqueza. ¿Por qué había huido después de coquistar tan grande victoria? ¿No era su plan destruir el reino de Salem, para establecer su propio reino? Acordándose del cetro, decidió regresar para tomarlo. ¿Por qué lo había dejado abandonado junto al cadáver de aquél odiado príncipe?

11 Juntando sus pocas fuerzas, Melquisedec se dirigió entorpecido al lugar donde había dejado sus vestiduras.

12 Después de vestirse, teniendo junto al pecho el cetro amado, el hijo de Adonías, con profunda emoción hizo un juramento antes de dejar aquel lugar de su sufrimiento. Acariciando el cetro le dijo:

13 —Mi amado cetro, fuiste creado como un emblema de la armonía que procede de la justicia y del amor. Toda la gloria de Salem reposaba sobre ti cuando la rebeldía en su ingratitud te esclavizó, arrastrándote hacia este valle hostil. Aquí tú fuiste herido y humillado, llegando a convertirte en un instrumento de impiedad en las manos del tirano. Yo, sin embargo, te redimí con mi sangre. Ahora nuestras heridas serán restauradas, y en breve seremos entronizados en medio de las alabanzas de una Salem victoriosa. Cuando este sueño se concretice, atestiguaremos juntos el final de aquéllos que se levantaron contra nosotros para herirnos. Samael y sus seguidores serán devorados por el fuego que reducirá a cenizas a Sodoma y Gomorra. —

14 Concluyendo su solemne juramento, el joven príncipe, ya oculto por las tinieblas de la noche dejó aquella colina, y sobre ella las marcas de su sufrimiento.

15 Desde que el hijo del rey había partido, prometiendo regresar con el cetro, Salem vivió momentos de indecible ansiedad. En llanto, el rey y los súbditos restantes se acordaban de todo aquel feliz pasado deshecho por la ingratitud de los rebeldes. Lo que más les torturaba era la ausencia del príncipe y del cetro, sin los cuales todo el brillo de aquel reino de paz se ofuscaría.

16 Deseando consolar el corazón de sus súbditos, Melquisedec avanzaba en medio de la noche rumbo a los montes que rodeaban a Salem. Aún debilitado y herido, proseguía en su marcha ascendente, esperando alcanzar su patria por la mañana.

17 Aquella noche larga y oscura finalmente fue vencida por los rayos del amanecer. En Salem la esperanza de volver a ver a Melquisedec con su cetro estaba casi abandonada cuando, al mirar hacia el Monte de los Olivos, le vieron descendiendo por el camino de Getsemaní. Cuando lo encontraron en el profundo valle de Cedrón, quedaron asustados con su aspecto: su cara estaba pálida y su manto empapado en sangre. Precisamente aún así, él sonreía expresando gran alegría.

18 Al preguntarle ellos sobre el porque de aquellas marcas de sangre, Melquisedec sacó de debajo de su manto sus manos heridas, mostrándoles en medio de ellas el cetro redimido.

19 Después de contarles los pasos que lo llevaron al rescate del cetro, los súbditos, enmudecidos, se postraron reverentes a sus pies, aclamándolo como su redentor y rey.

20 En medio de las alabanzas  de las huestes redimidas, el príncipe fue introducido en el palacio real, donde bajo los cuidados de su amoroso padre, debería recuperarse de su sufrimiento. El cetro desfigurado, ahora más preciado, sería también restaurado, debiendo convertirse aun más bello que antes.

21 El día de la coronación fue fijado para el próximo Yom Kipur. En aquel día, Melquisedec sellaría con el cetro restaurado el triunfo de todos los fieles, así como la condenación de los rebeldes.

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